Por: Francisco Carrión
Hasta
antes de su triste final frente a la isla toscana de Giglio, el Costa Concordia
era un universo que desplazaba sus más de cien mil toneladas por los puertos
del mundo sin dejar de lado el más minúsculo de los lujos. Su viaje mortal
empezó ese mismo día, el 13 de enero, en los muelles de Civitavecchia, a unos
80 kilómetros al noroeste de Roma. El gigante zarpó con la promesa de un lujoso
y plácido crucero de siete días. Debía acariciar la línea costera del noroeste
italiano con parada en Savona, atracar luego en las islas de Sicilia y Cerdeña,
y detenerse brevemente en las ciudades de Palma de Mallorca, Barcelona y
Marsella antes de regresar al punto de partida. “Era una nave bellísima”, dice
Sandro, vecino de Porto Santo Stefano, sin despegar el oído de su radio
transistor. Y así debió ser. Antes de su repentina defunción, el buque era lo
más cercano a una Torre de Babel con pasajeros de sesenta nacionalidades. Era
un mundo flotante, en ruta desde el 2006, que ofrecía una amplia oferta para
vacacionar: piscina, sauna, cines, casino, discoteca o teatro.
COMIENZO
DEL FIN
Todo
se fue a pique a partir de las 9:45 p.m. de aquel último y fatídico viernes.
Los inquilinos, recién llegados, descubrían aún el laberinto de 17 pisos o
cenaban cómodamente en los 5 restaurantes y 13 bares cuando un ruido de vidrios
rotos y un breve apagón sucedieron a un golpe grave. Segundos antes, el capitán
Francesco Schettino había dado la orden de aproximar la nave a la isla de
Giglio para que el jefe de comedor salude a su familia. “Era habitual que el
crucero dejara poca distancia con la costa”, explica Giovanni Lombaba, un joven
que regenta un restaurante en primera línea de playa. Desde entonces, nada
vuelve a ser igual. Las rocas han abierto una brecha de 70 metros en el casco,
lo que inclinaría dramáticamente la nave hasta hacerla embarrancar en una cala
cercana a Giglio Porto, un pueblecito habitado en los meses de invierno por unas
700 personas. A los tres minutos del impacto, un oficial informa al puesto de
control que la sala de máquinas está inundada
A
pesar de los intentos de suavizar la magnitud del accidente, a las 9:52 p.m.,
los platos tiemblan en las mesas hasta hacerse pedazos en el suelo y los
pasajeros buscan ya sus chalecos salvavidas. En los minutos siguientes, la nave
reduce la velocidad y se detiene en el lugar donde todavía yace.
Pasadas
las 10:00 p.m., el comandante realiza la primera llamada a la compañía, pero minimiza
lo que sucede en el buque que naufraga en medio de la oscuridad. “Es únicamente
un problema técnico”, asegura. Mientras el pánico se apodera de los pasillos
del barco, Schettino departe con la joven moldava Domnica Cemortan en el
exclusivo restaurante Club Concordia. Ordena al chef que prepare comida en una
cocina que también siente ya los vaivenes del naufragio.
Entre
tanto, un pasajero avisa a sus familiares para que se contacten con la
capitanía de Livorno. El “todo está bien” se mantiene hasta que las autoridades
deciden actuar. A las 10:45 p.m., con el comandante ausente, miembros de la
tripulación aprueban la evacuación. A las 11:10 p.m., el primer pasajero
alcanza la costa. El puerto ya está en marcha: los propios habitantes socorren
a las víctimas. Hay quien incluso toma su pequeña embarcación en busca de
supervivientes. “Se perdió un tiempo precioso para salvar vidas”, opina
Madeleine Soria. Su hermana, Érika, trabajaba como mesera en el crucero y fue
una de las últimas personas en abandonar la nave tras prestar ayuda a los
clientes. “Se produjo una evacuación desordenada que los tripulantes tuvieron
que iniciar por exigencia de los pasajeros. Érika estuvo hasta el último
momento y fue una de las últimas en lanzarse a un bote”, agrega Saturnino,
padre de la cusqueña, quien es una de las 20 personas oficialmente
desaparecidas.
MINUTOS
DE PÁNICO
A
medianoche, Giglio se llena de náufragos traumatizados que buscan a sus seres
queridos. “Había ancianos y muchos niños, personas descalzas y empapadas”,
relata a este diario una monja de la isla. A la parroquia llegan las primeras
voces que piden auxilio. “Abrid la puerta. El buque ha naufragado”, ruegan los
turistas que llevan varias horas sin saber del paradero de Schettino.
Con
la tragedia en boca de los lugareños, la capitanía de Livorno vuelve a llamar
al capitán a las 12:42 a.m. Interrogado por el número de personas que permanece
a bordo, Schettino duda y responde que entre doscientos y trescientos. Al otro
lado del teléfono, el comandante De Falco intuye la huida del capitán y le
pregunta: “¿Está usted a bordo?”. “No, no estoy a bordo, porque hemos
abandonado la nave”, replica. Pero la petición de De Falco, convertido en héroe
en Italia, no es escuchada y, una hora más tarde, le grita a un Schettino
impávido ante el drama: “¡Vuelva a bordo, carajo!” (“Vada a bordo, cazzo!”).
Ya
no hay vuelta atrás. El capitán, de 50 años y con 30 años de navegación, es
consciente de que su carrera acaba ahí. Tras dejar el puesto de mando, recala
en el Hotel Bahamas, un establecimiento a unos metros de la iglesia que acoge a
los náufragos. Pide cambiarse de ropa y un café. Luego, desaparece hasta que es
detenido el sábado y acusado de homicidio involuntario múltiple y abandono de
la nave. En un cambio de rumbo que incrementa la ira de los familiares de las
víctimas, la justicia decreta el martes arresto domiciliario para un hombre que
cuenta, sin embargo, con el apoyo de su pueblo napolitano.
“Hasta
que no se concluya la investigación, no debemos condenar a nadie”, indica a
este Diario el jefe de Protección Civil en Giglio, Mauro Pretti. Él es uno de
los integrantes del equipo que el sábado halla los tres primeros cadáveres: dos
franceses y un peruano. Este último es Tomás Alberto Costilla Mendoza,
antropólogo de 50 años que hace 17 servía como supervisor de los servicios de
limpieza de la nave. Desde entonces, doce cuerpos son encontrados en un proceso
lento que resulta incapaz de localizar a supervivientes. Nueve días después, ya
no hay esperanzas de arrancar al mar algo que no sea la memoria física de
quienes no pudieron vivir para contarlo. “No quedan esperanzas. Hay comida en
las cabinas del barco, pero es muy difícil que una persona pueda sobrevivir
tantas jornadas a temperaturas bajo cero”, puntualiza Bretti.
SIN
COMPARACIÓN
Acomodado
en un banco del muelle, Andrea observa su pueblo tomado por parabólicas,
unidades móviles y reporteros que deambulan por las callejuelas sin rumbo
preciso y a una velocidad poco frecuente en Giglio. A sus 82 años, es un
marinero en tierra que no tiene memoria de un desastre igual ni está dispuesto
a imaginarse en la piel de Schettino.
“No
quiero pensar lo que habría hecho. Él era quien llevaba el timón y fue muy
imprudente”. Incómodo con las preguntas del periodista, Andrea prefiere evocar
aquella época en la que tenía “25 o 30 años” y recorría “il mondo” a bordo de
un buque petrolero. “Recuerdo cuando atraqué en Lima. ¡Qué bellas eran las
colombianas y las peruanas!”, exclama antes de emprender el regreso a casa por
un camino que, a lo lejos, guarda una ballena tumbada y herida en el flanco de
estribor. Descanse en paz, Costa Concordia.
