Por : FERRAN
RAMON-CORTÉS
¿Siente
que su audiencia se duerme mientras usted interviene en público? Seducir. Motivar. Desarrollar la empatía.
Estas son algunas claves para el éxito de sus discursos.
Asistí
a la convención de una importante multinacional. En una mañana nos despacharon
un seguido de cinco intervenciones con tan solo una pausa para el café. Al
final de la densa mañana pudimos hacer balance del acto: ninguno de los ponentes respetó el tiempo asignado, con lo que fuimos
acumulando un considerable retraso al final de la mañana, que se resolvió
eliminando el esperado espacio de tiempo libre antes de la comida. Cada intervención contenía un sinfín de
desordenadas ideas que eran imposibles de retener. El primer ponente, aún
sin pretenderlo, sonó a bronca: su tono de voz resultaba agresivo y
exageradamente vehemente. El segundo ponente nos hizo desear el café con
desmesura: su monótona dicción y una presentación plagada de tecnicismos nos
sumieron en un profundo sopor. El tercero no llegó a presentar ni la mitad de
sus diapositivas: se fue por las ramas desde el primer minuto,
desconcertándonos a todos. Los dos últimos fueron medianamente correctos. Pero
ahora, rememorando la convención, no sabría decir ni por aproximación de qué
hablaron.
El
resultado es que más de un centenar de personas acabaron exhaustas y sin
ninguna idea clara, con una sensación de que estaban allí simplemente porque no
había más remedio. Y cinco directivos perdieron la oportunidad de seducirlas,
de motivarlas y de transmitirles sus mensajes.
DIFERENCIAS
IRRECONCILIABLES ENTRE HABLAR Y COMUNICAR
"La emoción lleva a la acción,
mientras que la razón lleva a la conclusión" (Donald B. Calne)
Hablar es transmitir información,
algo que todos somos capaces de hacer sin demasiada dificultad. Comunicar es,
además, mover una emoción. ¿Y por qué deberíamos querer, en
una presentación en público, mover las emociones de la gente? Los motivos son dos: en primer lugar,
porque en nuestra comunicación tenemos la obligación de ser impactantes, de
ganar la atención de la gente. Y en segundo lugar porque las emociones serán en
gran medida responsables de la memorabilidad de nuestra intervención.
Cuando comunicamos, competimos.
Competimos con la enorme cantidad de
presentaciones e información que nuestra audiencia recibe y recibirá. Y nuestra obligación es que, con el paso
del tiempo, nuestra presentación sea la que se recuerde. La que haya
impactado más. Hacerlo requiere técnica, pero está al alcance de todos. No es
solo cuestión de talento. También es
importante una buena preparación.
PRIMERO: ¿QUÉ SE QUIERE
DECIR?
"Si todo es
importante, nada es importante" (Garr Reynolds)
Todos
sabemos mucho de algo. Y si nos dan la oportunidad de contarlo, podemos llenar
horas encadenando un argumento tras otro. Esta no es la manera de construir una
presentación impactante. Una buena
presentación necesita articularse alrededor de una única idea. Tenemos que poder escribir una única frase
antes de empezar a desarrollar la intervención. Si no lo hacemos así, el
daño colateral es claro: nos enrollaremos. Hablaremos más de la cuenta. Y la audiencia no sabrá qué mensaje elegir
de entre los muchos que habremos dado. Y
ha de ser, además, una idea grande, valiosa, que aporte algo nuevo, o una
visión nueva de algo conocido. Que
la gente tenga la sensación de que ha recibido un regalo de valor, que valía la
pena atender. Porque si no, no volverán. Si lo hacen será desconectados,
sin la intención de prestar atención. Es una cuestión de respeto a la
audiencia, de preguntarse: ¿qué hay de
valor para ellos en mi intervención?
EN BUSCA DE LA
MEMORABILIDAD
"Si su misión no puede
transmitirse en cinco minutos, o con una historia, es que no la tiene"
(John Kotter)
La
mente es una criatura metafórica. De
pequeños, aprendemos con historias, con cuentos, con piezas narrativas que nos
transmiten las ideas estimulando nuestra imaginación y estableciendo conexiones
con nuestra vida y nuestras experiencias. Y, en cambio, de mayores, parece
que tengamos que aprender a base de sofisticadas exposiciones conceptuales,
precisas definiciones e información perfectamente ordenada, pero fría y
racional, sin concesiones a la narración. Es cierto que estamos preparados para
entender una definición, pero no es
menos cierto que como más disfruta la mente es con una buena historia, y que
las narraciones conectan directamente con la emoción.
Es
importante dar la información necesaria, pero es importante también
-imprescindible para mí- complementarla
con una buena historia. Es lo que
nos asegurará la conexión emocional y la memorabilidad. Es mucho más fácil recordar una buena
anécdota que una precisa información.
El
camino es arriesgado, porque una mala historia, una historia que no tenga que
ver con nuestro argumento, nos destrozará la intervención. Pero la literalidad de una explicación conceptual sin ejemplos, sin
metáforas o sin elementos narrativos, será olvidada sin remedio. Las cosas
que entendemos, las olvidamos. Las que
además de entender las sentimos, las recordamos para siempre.
ENTRE LO QUE TÚ
ENTENDISTE Y LO QUE YO QUERÍA DECIR
"Comunicamos lo que sentimos,
nada más que lo que sentimos" (Oriol Pujol Borotau)
Podemos
tener perfectamente estructurado nuestro discurso. Incluso con las palabras
escritas se puede comunicar algo distinto a lo que queremos. La comunicación en público, el tono de voz
y el lenguaje no verbal tienen un valor muy superior a la palabra, y si el
qué decimos (la palabra) no concuerda con el cómo (tono de voz y expresión no
verbal), lo que cuenta, sin duda, es el cómo.
Es necesario estar en contacto con
nuestro estado de ánimo a la hora de comunicar: si estamos enfadados, lo
transmitiremos. Si no nos creemos el proyecto, se
notará. Preparamos a menudo con precisión nuestro discurso. Preparemos también nuestra intervención,
empezando por ponernos en el estado emocional que precisa nuestro discurso,
porque es lo que la gente captará.
EMPEZAR BIEN... Y ACABAR
MEJOR
"Teatro es todo
aquello que hay entre un buen inicio y un buen final" (Molière)
Es importante tener un buen
comienzo: la audiencia no tardará más de tres minutos en decidir si nos escucha
o si se evade. Funcionan
muy bien las anécdotas y las historias en este punto. Somos curiosos por
naturaleza, y prestaremos atención aunque solo sea para conocer el final.
También importa el final, pues nos jugamos el sabor de boca que dejaremos como
ponentes. Que puedan decir: "La presentación ha sido interesante, y el
ponente ha estado brillante". Este comentario tendrá mucho que ver con un
final preciso, escenificado con seguridad, que contenga la idea fundamental de
la presentación. Que no sea un final de maratón en el que viendo la línea de
llegada, viendo que ya terminamos el suplicio, nuestra voz va perdiendo fuerza
para terminar en un tímido "y esto es todo".
Discursos de éxito
En
Youtube se puede ver la intervención de Steve Jobs en el acto de graduación de
la Universidad de Stanford, un ejemplo memorable que mantiene su vigencia con
el paso del tiempo. También resulta especialmente brillante la última
presentación de Randy Pausch en la Universidad Carnegie Mellon ('The last
lecture'), transformada posteriormente en un libro. El discurso de Barack Obama
en Tucson, con motivo del acto de homenaje a las víctimas del atentado que tuvo
lugar en dicha ciudad, es un ejemplo de dominio absoluto de los diferentes
registros emocionales.
En la página web www.ted.com se
pueden repasar algunas de las presentaciones más efectivas y brillantes que se
están realizando en estos momentos en todo el mundo.
Cinco claves para una
buena intervención en público
1. Un único mensaje. Una idea
centrada y valiosa para la audiencia.
2. Explicado de forma memorable, con
metáforas, ejemplos, vivencias o cualquier otro recurso narrativo.
3. En un lenguaje que conecte,
evitando tecnicismos o lenguajes gremiales.
4. Hay que tener en cuenta que lo
que importa es lo que la gente capta, no lo que uno tenía
intención de decir.
5. Invitar a la gente a estar de
acuerdo, no forzarla.
(Extraídas
del libro 'La isla de los cinco faros', de la editorial Planeta).
