Por:
XAVIER GUIX
Necesitamos
entusiasmo. Es una de las claves de la vida. Además, es contagioso. Vale que
las cosas están mal. La crisis, el paro. Pero en la espiral del pesimismo nadie
sale del agujero. Nada se puede esperar de quien no cree en sí mismo.
En
los repertorios que usamos para interpretar la realidad, algunas palabras como
ilusión, alegría, optimismo o entusiasmo han perdido brillo. No se ajustan al
contexto, pero sin ellas la vida queda encogida. Siguen ahí, esperándonos.
"Caer
no es el problema. Lo será el tiempo que necesitemos para levantarnos de
nuevo"
En
tiempos de indignación parece contrapuesto estar reivindicando el entusiasmo
como motor de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Sin embargo,
es un ejercicio necesario el comprender la simultaneidad de nuestras emociones,
así como las graves consecuencias que conlleva instalarse en creencias
limitantes, más aún cuando se contagian masivamente. Mucha gente se siente hoy
invadida por sentimientos de desesperanza, impotencia y pérdida de validez
personal. No cabe duda de que existen razones y evidencias para ello. Pero
también es cierto que por nuestras venas sigue circulando la vida, que el
corazón sigue batiendo, que todo nuestro organismo sigue despierto y sensible.
No hemos perdido aún, que se sepa, la capacidad de sentirnos vivos, de decidir
hasta dónde queremos que nos afecten los sucesos del exterior y, sobre todo, no
hemos perdido la facultad de seguir sintiendo y amando. Tenemos, si queremos,
la posibilidad de cambiar, de decidir cómo vivir.
TODO
OCURRE SIMULTÁNEAMENTE
"Los
ideales que iluminan mi camino y una y otra vez me han dado coraje para
enfrentar la vida con alegría han sido: la amabilidad, la belleza y la
verdad" (Albert Einstein)
Existen
motivos para la indignación y también para la alegría o el entusiasmo. Lo malo
del asunto es cuando quedamos atrapados en un sentimiento, en solo uno, y lo
convertimos en el filtro por el que percibimos toda realidad. Sabemos que,
atrapados en una emoción, no solo se resiente nuestro organismo, sino que
acuden a nuestra mente ideas y planes tamizados por dicha emoción. Si hay
miedo, por ejemplo, se contrae el estómago, asoman expresiones de terror y
acuden a la mente imágenes dramáticas. Si, por el contrario, sentimos emociones
positivas, los efectos también lo serán.
Lo
curioso del bagaje humano es que podemos sentir emociones y sentimientos
contradictorios a la vez. Probablemente, habremos experimentado esas simultaneidades
en situaciones reconocibles: en los duelos se mezclan el dolor y el amor; en
las tensiones de pareja, el amor y el odio; cuando somos duros y tiernos a la
vez con los hijos o con las amistades. Asistimos a un mundo en el que coexisten
la avaricia y la especulación con el altruismo y la compasión.
Dicho
así, podemos simultanear la indignación o la sensación de impotencia con el
coraje y el entusiasmo. Aunque aparenten contradicción, pueden ser
experimentados a la vez. Todo dependerá del que fomentemos más, al que
consideremos más competente. La trampa consiste en creer solo en una
posibilidad.
CONTAGIARSE
DE ENTUSIASMO
"Los
años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma" (Albert
Schwitzar)
El
sustantivo entusiasmo procede del griego enthousiasmós, formado sobre la
preposición en y el sustantivo theós (dios), lo que suele traducirse como el
ser habitado por los dioses, o por las energías creadoras del universo. El
entusiasta tiene el poder de crear dentro de sí mismo y, lo mejor, contagiarlo
a los demás. Esa es una de las claves del éxito en la vida. El entusiasmo tiene
la mayor capacidad de influencia, mientras que el desánimo ahuyenta. El
entusiasta que no vende humo despierta luz en los demás.
La
primera ocurrencia errónea, cuando se habla de estas facultades, es
considerarlas propiedades naturales o genéticas. Pero el entusiasmo es energía
creadora, una fuerza generativa voluntaria. La tenemos todos, porque todos, en
algún aspecto, hemos sentido su fulgor ante expectativas ilusionantes. Lo único
que puede degollar su presencia son las creencias limitantes; aquí podríamos
inscribir los "no puedo", "no sé", "no servirá de
nada", "es imposible", "es muy difícil"...
¿Para
qué entusiasmarse ante tantas dificultades como nos pone la vida? Para
convertirlas en posibilidades. ¿De qué sirve el entusiasmo cuando no se tiene
trabajo? Pues precisamente para crear mejores condiciones para conseguirlo.
Seligman confirmó en sus estudios que el entusiasmo se encuentra en aquellos
individuos que piensan que hay que vivir plenamente cada momento de la vida,
evitando el abatimiento y la indefensión.
En
cambio, ¿qué se puede esperar del que no cree en sí mismo? ¿Qué acaba
contagiando aquél que anda todo el día indignado? No quisiera con ello
mostrarme poco sensible ante el sufrimiento de muchas personas, entre los que
incluyo a familiares propios. Tampoco propongo brindis al sol y mantenernos
ingenuamente contentos, pero engañados. Solo me pregunto: ¿Cuánto tiempo
queremos permanecer encerrados en el sufrimiento? ¿Tiene alguna utilidad? ¿Cómo
salir de ahí?
DEL
DESÁNIMO A LA ILUSIÓN
"La
puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para
abrirla; si uno la empuja, la cierra cada vez más" (Sören Kierkegaard)
Es
un hecho que el desánimo forma parte de nuestro vivir. Caer, entonces, no es el
problema. Lo será el tiempo que necesitemos para levantarnos de nuevo. Hoy
sabemos que estos procesos internos, la gestión de nuestras emociones, no depende
solo de los estímulos exteriores, sino del manejo de nuestra mente; entre otras
cosas, porque esa misma mente es la que crea estímulos que se convierten en
estados emocionales. Pasar del desánimo a la ilusión es un ejercicio que
requiere manejar sabiamente nuestros pensamientos y nuestras palabras,
sosteniendo lo positivo y bloqueando toda anticipación negativa o dramática de
un hecho que aún no ha ocurrido. Ocupémonos con entusiasmo del presente y
dejemos para mañana lo que es del mañana.
Decía
Gregorio Marañón que el entusiasmo es signo de salud espiritual. Quizá sea el
remedio que necesitamos ante la avalancha y la indigestión de tanto mensaje
catastrofista. Por qué no mirar a nuestro alrededor y poner la atención en las
cosas pequeñas, en los gestos amables, en las miradas tiernas, en los detalles
que contiene un hermoso día de sol o en la pasión que transmiten los que aman a
la vida.
Obras
con luz
1.
Libros
-
'La fuerza del optimismo', de Luis Rojas Marcos (Aguilar).
-
'La inutilidad del sufrimiento', de María Jesús Álava (La Esfera de los
Libros).
-
'El entusiasmo'. Cuentos y relatos de Antonio Skármeta (Zigzag y Debolsillo).
2.
películas
-
'Mi pie izquierdo', de Jim Sheridan.
- 'Patch Adams', de Tom Shadyac.
-
'La vida es bella', de Roberto Benigni.
