miércoles 18 de enero de 2012

Equivocarse no puede ser tan malo



Por: Rita Gunther Mcgrath Colaboradora De Harvard Business Review
No es nada nuevo decir que los líderes de negocios trabajan en entornos cada vez más inciertos. Tampoco debería sorprender que, bajo condiciones inciertas, los fracasos sean más comunes que los éxitos.

Sin embargo, no diseñamos a las organizaciones para que gestionen, mitiguen y aprendan de los fracasos. Cuando he preguntado a ejecutivos cuán rápido sus organizaciones aprenden de los fracasos, en una escala de 1 a 10, es común que me respondan con tono avergonzado: “Dos, quizás tres”.

Todo esto nos sugiere que la mayoría de las organizaciones está profundamente sesgada frente al fracaso y no hace un esfuerzo sistemático por estudiarlo.

Los ejecutivos ocultan los errores o hacen como si su ocurrencia siempre hubiese formado parte de un plan maestro. Los fracasos se convierten en un tema tabú y las personas empiezan a tenerle tanto miedo a dañar sus perspectivas de carrera que dejan de asumir riesgos.

No argumentaré que el fracaso en sí es algo bueno. Está muy lejos de serlo, pero es inevitable en entornos inciertos y, si es bien gestionado, puede ser muy útil. De hecho, es imposible que una organización asuma los riesgos necesarios para poder innovar y crecer si no se siente cómoda con la idea de fracasar.

FRACASO UTILITARIO
Algunos fracasos resultan de experimentos intencionales, otros son inesperados. Pero todos proporcionan algo valioso: un cierto grado de fracaso puede ayudarle a mantener sus opciones abiertas.

A medida que aumenta la cantidad de resultados potenciales para un curso de acción, las probabilidades de que esa acción surta efectos empiezan a disminuir. Con una mayor cantidad de intentos, usted mejora sus probabilidades de éxito.

Esta es la lógica que impulsa a las empresas que operan en ambientes altamente inciertos, como las firmas de capital de riesgo (cuya tasa de éxito es aproximadamente entre 10% y 20%), las compañías farmacéuticas (que normalmente crean cientos de nuevas entidades moleculares antes de dar con un medicamento que pueda venderse en el mercado) y el negocio de las películas (1,3% de todas las películas obtiene 80% de lo recaudado por la venta de entradas).

Muchos emprendimientos exitosos están construidos sobre proyectos fracasados. Las computadoras Macintosh de Apple emergieron, en parte, de las cenizas de un producto llamado Lisa, que introdujo una serie de interfaces gráficas para el usuario y operaciones para el mouse que se usan en las computadoras actuales.

En situaciones verdaderamente inciertas, la investigación de mercado convencional presta poca utilidad. Si usted les hubiese preguntado a las personas en 1990 la cantidad que habrían estado dispuestas a pagar por poder investigar por Internet, nadie hubiese entendido de qué estaba hablando.

Se requirió de muchísimos experimentos para que emergieran motores de búsqueda que funcionaran bien. Los pioneros en esta materia buscaban que les pagaran para que ellos mismos realizaran las investigaciones. Después, las compañías exploraron modelos de negocios basados en publicidad.

E incluso, más tarde, Google desarrolló un sistema para maximizar la rentabilidad de un modelo basado en anuncios publicitarios. Sin todo ese ensayo y error, es muy poco probable que Google pudiera haber creado ese tremendo monstruo de las búsquedas basado en algoritmos que hoy nos es tan familiar.

Las organizaciones tienden a iniciar nuevos proyectos en vez de corregir los problemas sistémicos en los existentes. Pero basta que ocurra una falla grande y todo el mundo tiene que dedicarse a corregirla.

Hace unos años, cuando trabajaba en la Municipalidad de Nueva York, tuve la ocasión de experimentar cómo se puede usar el fracaso estratégicamente. Estaba a cargo de un grupo de TI que era responsable de instalar un sistema automático de adquisiciones. Muy tranquila, ni cuenta me daba de lo difícil que sería conseguir apoyo político y recursos financieros para el proyecto.

Afortunadamente, mi jefe era un genio político. Una tarde, mientras estaba trabajando en unos análisis de datos, supe que el sistema antiguo contenía datos que habían sido dañados. No dejé pasar un minuto y me puse manos a la obra, decidida a salvar la situación.

Pero después de que le presenté mi plan a mi jefe para su visto bueno, me dijo con calma: “No hagas nada. A veces las cosas deben desmoronarse antes de que alguien tenga la voluntad de arreglarlas”. Tenía toda la razón. El fracaso del sistema viejo creó un argumento convincente para implementar uno nuevo y fue decisivo para lograr el apoyo que necesitábamos.

Es triste pero cierto: aún existen muchos cargos de liderazgo ejercidos por personas muy parecidas a quienes las seleccionaron.

Sectores económicos completos han sufrido las consecuencias de por vida de estos líderes que no desafían los supuestos implícitos ni las reglas que se dan por sentadas. Solo cuando esos supuestos y reglas terminan siendo ineficaces –lo que, lamentablemente, suele ocurrir durante situaciones disruptivas– los consejos de administración contratan líderes nuevos. Y el cambio puede ser sorprendentemente beneficioso.

Los investigadores dicen que lo que se llama intuición es, en esencia, un patrón de reconocimiento altamente desarrollado. Aquellos que nunca se han enfrentado a resultados negativos tienen un vacío crítico en el conjunto de experiencias en que se basa la intuición. Muchos capitalistas de riesgo no invertirán en una empresa nueva si el fundador nunca se ha visto enfrentado a un fracaso.

La nueva y exitosa entrante en el negocio de los juegos, la Xbox 360 de Microsoft, fue desarrollada por un equipo que había trabajado en la fracasada consola de juegos 3DO, en el dispositivo Web-TV, en el problemático negocio de tarjetas de video de Apple y en el Ultimate TV de Microsoft que tuvo una corta vida.

Habiendo experimentado tantas desilusiones, los miembros del equipo fueron capaces de percatarse de las señales de advertencia y realizar correcciones inteligentes durante el transcurso del proyecto. Por ejemplo, la consola Xbox anterior había usado costosos chips de fabricantes externos y perdió alrededor de US$4.000 millones entre el 2001 y 2005. El equipo de la Xbox 360 eligió a otros fabricantes, trabajó en una fuerte alianza con ellos para desarrollar los chips y retuvo los derechos de propiedad intelectual de los mismos, lo que permitió que el sistema generara utilidades desde un comienzo.

FRACASO INTELIGENTE
Evidentemente, no todos los fracasos son útiles e, incluso, hay algunos que, si bien dejan lecciones, deberían evitarse a toda costa. Pero si usted acepta que a veces ocurrirán fracasos en entornos inciertos, tiene sentido planificar para gestionar y aprender de ellos y, en muchos casos, considerarlos como experimentos en vez de fracasos.

Nunca ha dejado de sorprenderme cuán a menudo las personas que trabajan en un mismo proyecto tienen perspectivas totalmente distintas de lo que constituiría el éxito.

Una organización que fabricaba equipos de remediación ambiental deseaba introducir una nueva línea de productos. El grupo de márketing pensaba que el atractivo comercial del equipo era que cumplía con un nuevo y exigente estándar regulatorio.

El grupo de ingeniería pensaba que el atractivo era la rentabilidad y, para mantener los costos bajos, estaba diseñando el producto precisamente sin las características que el grupo de márketing pensaba usar como argumento de venta.

Esta diferencia de opiniones podría fácilmente haber llevado a un fracaso de la categoría de los poco inteligentes. Pero la compañía se dio cuenta del problema a tiempo, de modo que fue posible que todos se pusieran a trabajar en forma coordinada y armónica y prevenir así lo que podría haber sido un desastre en el mercado.

Cuando usted se enfrenta a una tarea fundamentalmente incierta, es casi seguro que sus primeros supuestos serán incorrectos. Generalmente, la única forma de lograr mejores supuestos es poniéndolos a prueba. Pero no debería comenzar a experimentar hasta haberlos explicitado.

Escríbalos y compártalos con su equipo. Y después asegúrese de que usted y su equipo estén abiertos a revisarlos a medida que van captando nueva información. El riesgo está en que todos tenemos la tendencia a seleccionar la información que confirma lo que ya creemos, lo que se llama sesgo de confirmación.

Una forma práctica de abordar este sesgo es empoderando a un miembro del equipo para que busque información que indique que su curso de acción no es el correcto.

Es importante encontrar información que contradiga sus supuestos tempranamente y antes de haber asumido demasiados compromisos y volverse resistente a cambiar de idea.