lunes 16 de enero de 2012

Cómo tomamos una decisión



Por: DANIEL KAHNEMAN, DAN LOVALLO Y OLIVIER SIBONY. COLABORADORES HARVARD BUSINESS REVIEW
Gracias a una andanada de exitosos libros recientes, muchos ejecutivos se están percatando de cómo los sesgos distorsionan el racionamiento en los negocios. Por ejemplo, el sesgo de confirmación hace que las personas ignoren la evidencia que contradice sus nociones preconcebidas.

El anclaje las hace atribuir un peso desproporcionado a un trozo de información al tomar decisiones; la aversión a perder las vuelve demasiado ansiosas. Sin embargo, según nuestra experiencia, conocer el efecto de los sesgos no ha hecho gran cosa por mejorar la calidad de las decisiones de negocios, ni en el plano individual ni en el organizacional.

Aunque los ejecutivos hablen de los sesgos mucho más que antes, no los eliminarán con las meras palabras. Un estudio reciente de McKinsey sobre más de mil inversiones importantes de negocios mostró que cuando las organizaciones se esforzaban por reducir el efecto de los sesgos en sus procesos de toma de decisiones, lograban resultados hasta 7% más altos. La reducción de los sesgos hace una diferencia.

Para la mayoría de los ejecutivos, esas revisiones pueden parecer bastante simples. Primero, necesitan conocer los hechos relevantes (obteniéndolos de las personas que conocen los detalles mejor que ellos).

Segundo, deben descubrir si las personas que hacen la recomendación están oscureciendo intencionalmente los hechos de alguna manera. Y finalmente, necesitan aplicar su propia inteligencia, conocimiento y razonamiento para decidir si la recomendación es correcta.

Sin embargo, este proceso tiene en todas sus etapas un potencial enorme de distorsionar el juicio como resultado de los sesgos cognitivos. Como veremos, los ejecutivos no pueden hacer mucho respecto de sus propios sesgos. Pero si tienen las herramientas adecuadas, pueden reconocer y neutralizar los de sus equipos.

Con el tiempo y usando estas herramientas, crearán procesos de toma de decisiones que reducirán los efectos de los sesgos en sus organizaciones. Y al hacerlo, ayudarán a elevar la calidad de las decisiones que toman sus organizaciones.

EL DESAFÍO
Primero sumerjámonos en la pregunta de por qué las personas son incapaces de reconocer sus propios sesgos.

De acuerdo con los cientistas cognitivos, hay dos modos de pensamiento: intuitivo y reflexivo. En el pensamiento intuitivo o Sistema Uno, las impresiones, asociaciones, sentimientos, intenciones y preparaciones para la acción fluyen sin esfuerzo.

El Sistema Uno produce una representación constante del mundo que nos rodea y nos permite hacer cosas como caminar, evitar obstáculos y contemplar otras cosas, todo al mismo tiempo. Solemos estar en este modo cuando nos cepillamos los dientes, bromeamos con amigos o jugamos tenis. No nos concentramos conscientemente en hacer esas cosas, solo las hacemos.

En cambio, el pensamiento reflexivo o Sistema Dos, es lento, trabajoso y deliberado. Este modo funciona cuando llenamos una declaración de impuestos o aprendemos a manejar.

Ambos modos están activos de forma continua pero el Sistema Dos suele limitarse a monitorear las cosas.

Nuestro sistema visual y nuestra memoria asociativa (ambos aspectos importantes del Sistema Uno) están diseñados para producir una única interpretación coherente de lo que sucede a nuestro alrededor. Este proceso de darle sentido al entorno es muy sensible al contexto.

Dado que el Sistema Uno es tan bueno creando historias contextuales y no estamos conscientes de sus operaciones, puede extraviarnos. Las historias que crea en general son precisas, pero hay excepciones. Los sesgos cognitivos son el ejemplo más importante y mejor documentado.

Una característica insidiosa de las fallas cognitivas es que no tenemos cómo saber que están ocurriendo: casi nunca nos percatamos en el momento de que estamos cometiendo errores intuitivos.

La incapacidad de percibir que hemos cometido un error es la clave para entender por qué solemos aceptar de buenas a primeras el resultado de nuestro pensamiento intuitivo y espontáneo. También explica por qué, incluso cuando nos volvemos conscientes de la existencia de los sesgos, no nos entusiasma la posibilidad de eliminarlos en nosotros mismos. Después de todo, no nos resulta fácil reparar errores que no vemos.

Por extensión, esto también explica por qué los textos de los expertos en gestión sobre los sesgos cognitivos no han sido de mucha ayuda práctica. Parecen suponer que si a usted le advierten de los sesgos no sufrirá sus efectos. Usted puede aceptar que tiene sesgos, pero no puede eliminarlos de usted.

Sin embargo, hay razones para tener esperanza cuando pasamos de lo individual a lo colectivo, desde el tomador de decisiones al proceso de toma de decisiones y desde el ejecutivo a la organización. El hecho de que los individuos no estén conscientes de sus propios sesgos no significa que éstos no puedan ser neutralizados o al menos reducidos a escala organizacional.

Esto es así debido a que en la mayoría de las decisiones influyen muchas personas y porque los tomadores de decisiones pueden usar su capacidad de detección de sesgos en el pensamiento ajeno en su propio beneficio. Tal vez no seamos capaces de controlar nuestra intuición, pero podemos aplicar nuestro pensamiento racional para detectar la intuición defectuosa de otros y mejorar su juicio.

Esto es precisamente lo que se espera que hagan los ejecutivos cada vez que revisan recomendaciones y toman una decisión final. A menudo realizan un ajuste crudo y no sistemático como agregar un “margen de seguridad” a un costo pronosticado para dar cuenta de un sesgo percibido.

Sin embargo, en su mayoría los tomadores de decisiones se enfocan en el contenido cuando revisan y desafían recomendaciones.

LA VERIFICACIÓN
Para ayudar a los ejecutivos a revisar decisiones, hemos desarrollado una herramienta, basada en una lista de verificación de preguntas, que busca revelar defectos en el pensamiento.

¿Existen razones para sospechar que hay errores motivados, aquellos movidos por el interés propio del equipo que da la recomendación? Los tomadores de decisiones nunca deberían preguntar esto directamente a las personas que hacen la propuesta. Después de todo, es casi imposible hacerlo sin parecer que se está poniendo en duda su diligencia e incluso su integridad y una conversación así no puede llegar a un buen final.

El problema no es solo el engaño intencional. Las personas a veces mienten deliberadamente, por cierto, pero el autoengaño y la racionalización son problemas más comunes.

Los tomadores de decisiones no deben evaluar si existe un riesgo de error motivado sino su importancia. Una propuesta de un conjunto de individuos que como resultado busca ganar más de lo usual ya sea en términos financieros o, más frecuentemente, en términos de poder organizacional, reputación u opciones de carrera necesita un control de calidad especialmente riguroso.

Los revisores también deberían estar atentos a los conjuntos de opciones perniciosas que solo incluyen una alternativa realista: aquella que prefieren quienes hacen la recomendación.

¿Están las personas enamoradas de la recomendación que plantean? Todos somos víctimas de la heurística del afecto: cuando evaluamos algo que nos gusta, tendemos a minimizar sus riesgos y costos y a exagerar sus beneficios; cuando evaluamos algo que no nos gusta, hacemos lo contrario.

Los ejecutivos suelen observar este fenómeno en las decisiones que tienen un fuerte componente emocional, como las concernientes a empleados, marcas y lugares.

Esta pregunta también es mejor guardársela para uno mismo pero suele ser fácil de responder.

¿Hubo opiniones divergentes en el equipo que hace la recomendación? Si las hubo, ¿fueron debidamente exploradas? En muchas culturas corporativas, los equipos que plantean recomendaciones a estratos más altos dicen estar todos de acuerdo.

A veces esa unanimidad es genuina, pero también puede ser una falsa unidad impuesta por el líder del equipo o un caso de pensamiento.

El pensamiento grupal es especialmente factible si hay poca diversidad de trayectorias profesionales y puntos de vista dentro de un equipo.

Independientemente de su causa, la falta de disenso en un equipo que aborda un problema complejo debería detonar las alarmas. En el largo plazo, los altos ejecutivos deberían crear un clima donde los desacuerdos sustanciales sean vistos como una parte productiva de la toma de decisiones (y que sean resueltos objetivamente), más que como una señal de conflicto entre individuos.

En el corto plazo, si un tomador de decisiones se enfrenta a una recomendación donde el disenso fue claramente reprimido, no le quedan muchas opciones. Dado que suele ser poco práctico pedir a otro grupo que presente más opciones, la mejor elección podría ser solicitar a miembros del equipo que den sus ideas disidentes, tal vez en reuniones privadas. Y merecen especial atención las opiniones de quienes resistieron la presión por sumarse a la mayoría cuando se tomó la decisión.
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