Por: Tom Cross
Director senior de educación
ejecutiva de Darden school of Business
EL
COMPLEJO PROYECTO PARA CONSTRUIR UNA ESTACIÓN ESPACIAL DEBE CUMPLIR CON LOS
PLAZOS Y EL PRESUPUESTO, PERO EL APURO PODRÍA IMPEDIR SU ÉXITO. ¿HABÍA ALGUNA
FORMA DE HABER EVITADO UN FRACASO TAN PREDECIBLE COMO ESTE?
“No hay
razón por la cual los contratistas no nos puedan dar un desarrollo del
producto, rápido y sin fallas”, dijo David MacDonagle, intentando encender
un cigarrillo.
MacDonagle,
director de la Administración de Aeronáutica Canadiense (CAA, en inglés),
estaba nervioso. En poco tiempo, el
proyecto al cual le habían dedicado cuatro años tendría su primera prueba en el
mundo real a 350 kilómetros de la Tierra.
Sintiéndose
ahogado y apabullado por la presencia de los medios, MacDonagle había salido a
respirar aire fresco y lo acompañaba la joven e inteligente jefa de proyecto,
Samantha van Sant.
Ella
también tenía mucho que perder en el proyecto. Desde el 2006 había gestionado a
los dos contratistas que la CAA había
comisionado para construir el equipo de dos brazos robóticos gigantes de
US$1.200 millones, conocido como Retractable Extended-Arms Compatible Holder o
REACH, para la Estación Espacial Internacional.
Canadá
era un jugador pequeño comparado con EE.UU., Rusia, Europa y Japón. Como
estaban en constante riesgo de ser marginados, la CAA había hecho todo lo
posible para que los contratistas del REACH, Hollenbeck Aircraft y Eskina
Software Systems, completaran la primera fase del proyecto a fin de que su
llegada a la estación espacial coincidiera con la apertura oficial del
laboratorio orbital este año. Y,
sorprendentemente, habían cumplido el plazo y además dentro del presupuesto.
En
este momento, el REACH ya estaba inserto en la estación espacial, aunque
faltaba mucho más, incluyendo un conjunto de manos aun más sofisticadas que
encajarían en el extremo de los brazos robóticos para realizar trabajos de
delicadeza extrema. Estas adiciones se realizarían durante los próximos dos
años.
Los contratistas habían tenido una
excelente disposición respecto de la velocidad; el problema era la calidad. No
paraban de aparecer fallas en el software, los motores y los circuitos.
Era un hecho de que ni una sola prueba
había resultado sin fallas durante los cuatro años.
El
contrato bajo su gestión establecía que el desarrollo sería paralelo, lo que
significaba que las fases del proyecto I y D, prototipos, pruebas, producción y
control de calidad se superponían y cada fase comenzaba cuando a la previa le
faltaba incluso 50% para su compleción.
Esto
era un sacrilegio en algunas áreas del desarrollo aeroespacial. Pero, debido al
plazo de construcción de la estación espacial y a la amenaza continua de
reducciones en el presupuesto de la CAA, la
meta de la agencia era realizar el trabajo de diez años en seis.
Esto significaba que algunas de las
pruebas en el mundo real debían ser reemplazadas por simulaciones por
computadora. El control de calidad de los componentes era menos minucioso.
Debido
a la alta incertidumbre del proyecto, la
CAA había acordado un contrato a base de costos más honorarios, según el cual
se le pagaba una suma fija a los contratistas, además de sus costos de
personal, materiales y gastos generales.
“Supongo
que debemos irnos”, dijo MacDonagle. “Los sabuesos de la prensa esperan. Les
dije que podía darles unas pocas entrevistas rápidas cuando volviera. Yo sé lo
que me van a preguntar: ¿Funcionará el REACH esta vez?”. Miró a Van Sant. “Y,
¿funcionará?”.
PROBLEMAS AL AIRE
Con
unos plumones rojos en la mano, MacDonagle estaba parado frente a un grupo de
reporteros preguntándoles si sabían que hace
50 años Estados Unidos disparó cerca de 500 millones de agujas de cobre de 2,5
cm hacia la órbita, para reflejar las ondas de radio y así facilitar la
comunicación. Esas agujas aún seguían flotando y algunas habían rasgado uno
de los colectores solares de la estación espacial.
Dibujó
una rotura en uno de ellos. “Un hoyo aquí significa menos electricidad”, dijo,
indicando en el pizarrón. “Es difícil
repararlo porque está muy lejos de los módulos donde trabajan los astronautas
y, además, existe el riesgo de que se electrocute quien intente la reparación.
Una vez que un panel solar se ha fijado, no se puede sacar. Sigue generando
energía solar. Si un astronauta saliera a arreglarlo, podría recibir una
corriente de 100 voltios. Aquí es donde entra el REACH”.
Mientras
Van Sant observaba, alguien le tocó el brazo. Era Alfred Siroy, director del
panel de la CAA, que debía descubrir por qué había tantos problemas con la
calidad del equipamiento que les proveían Hollenbeck y Eskina.
“¿Cuánto
falta para que salga al espacio?”, preguntó.
“No
mucho, más tarde, no estoy segura”, indicó Van Sant.
Siroy
siempre la ponía a la defensiva. Había sido muy explícito en su desaprobación
de la forma en que se estaba gestionando el programa REACH y específicamente
del trabajo en paralelo. Sabía que esta perspectiva se reflejaría en su próximo
informe. Afortunadamente, era excesivamente meticuloso al escribir, por lo que
el informe tardaría una eternidad. Le preguntó cómo iba el informe.
“Lento”,
dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro. “Pero sí tenemos un título: ‘Camino rápido al fracaso’”.
Eso
la sorprendió. “¿Cuál fracaso?”, preguntó, “El REACH está a punto de realizar
una tarea de reparación crucial”.
Siroy
la miró con escepticismo. “El desarrollo rápido era una meta loable”, dijo. “Pero es necesario que el contratista
cuente con el tiempo adecuado para el control de calidad. Y se necesita un contrato con los
incentivos apropiados”.
Siguió:
“Según el análisis que realizamos,
consideramos que el cronograma apretado obliga a Hollenbeck-Eskina a reducir
costos, lo que resulta en prototipos que fallan. Sustituir las pruebas rigurosas en terreno por la simulación por
computadora es una receta para el desastre. Los prototipos no están equipados
con los instrumentos que podrían proporcionar los datos de prueba adecuados”.
Van
Sant no podía estar en desacuerdo con sus opiniones sobre el contrato; sus
debilidades eran cada vez más visibles para ella. Pero si la velocidad era una
prioridad, estas eran inevitables. “La redacción del contrato ya es historia
antigua”, dijo restándole importancia.
“La
historia se puede reescribir”, indicó Siroy. “Cualquier contrato puede ser modificado si los dos lados están de
acuerdo y tú lo sabes”.
¿FRACASO A LA VISTA?
De
repente Van Sant vio a uno de los miembros del personal que monitoreaba las
actividades en la estación espacial apurando a MacDonagle para que se alejara
de los reporteros, los que, oliendo sangre, intentaron seguirlo. Algo malo
había pasado.
Logró
entrar a la sala de comunicaciones, donde no se permitía a reporteros, justo
antes de que la puerta se cerrara. Podía escuchar por los parlantes a los
astronautas en la estación espacial hablando acerca de la unidad de control de
poder y empleando la palabra “falla”. Escuchó a alguien decir “debemos cambiar al
plan B”.
“¿Cuál
es?”, le preguntó Van Sant a MacDonagle.
“No
lo sé, pero sea lo que sea, no tendrá nada que ver con nosotros. REACH es la
única contribución de Canadá a la estación espacial”.
“Tenemos
imágenes de video”, gritó alguien y en las pantallas aparecieron imágenes de un
hombre en un traje espacial pendiendo de un extremo de una grúa de carga.
Todos
miraban en silencio a medida que la grúa, improvisada para la ocasión, llevaba
a un astronauta hacia el panel solar rasgado de la estación espacial.
Como el REACH había fallado, Harris
Webb –el astronauta– iba a reparar manualmente el panel solar.
En una mano enguantada tenía lo que se veía como un palo de hockey gigante
envuelto en cinta aislante para evitar colisionar con los paneles solares.
Van
Sant vio a Charlie Truss, uno de los representantes de Hollenbeck sentado en
una esquina, con su corbata suelta. Se veía pésimo. Pero ella no sintió
compasión por él sino irritación.
“Pase
lo que pase allá arriba –le dijo–, las cosas van a cambiar acá abajo. Nuestra
única forma de avanzar y dejar atrás este fiasco es mostrar que hemos dado los
pasos concretos para mejorar el control de calidad y finalmente lograr
resultados positivos”.
“Estoy
totalmente de acuerdo”, dijo Truss. “Pero
cualquier cosa que hagas para aumentar el control de calidad va a hacer todo
más lento. Y una vez que eso sucede, los costos empiezan a aumentar. Si
convertimos nuestro contrato actual en un contrato aeroespacial tradicional, es
mejor que digamos adiós a las mejoras del REACH”.
“Si
es necesario sacrificar la velocidad para un REACH más confiable, entonces
tendrá que ser así”, aseveró Van Sant.
Detrás
de ella varios reporteros dieron un grito ahogado. Corrió hacia una pantalla y
sintió un gran alivio al ver que solo se trataba de que Webb, al terminar la
reparación, había soltado accidentalmente un alicate que ahora flotaba en el
espacio.
Pero
entonces, Webb hizo algo absolutamente increíble. Miró hacia la audiencia en la
tierra y defendió al REACH. “Todos van a culpar al REACH, pero no deberían”,
señaló. “Es una gran pieza de
tecnología. Deseo felicitar a David MacDonagle y a la CAA por superar tantos
obstáculos técnicos y lograr que el REACH llegara a tiempo”.
Van
Sant quedó atónita y podía ver que Truss también. Después, con una pequeña
sonrisa, él le preguntó: “¿Qué decías acerca del contrato?”.
El error nos puede
alejar del revés inminente
Cuando
se sabe de grandes, complejas y costosas iniciativas auspiciadas por el
Gobierno que no cumplen con las expectativas, la culpa casi siempre la tiene el
cronograma “apurado”. Si la institución pública no hubiese sido tan exigente
con los contratistas, si los desarrolladores hubiesen tenido más tiempo, la
tecnología hubiera funcionado a la perfección. Pero nada de eso es verdad.
Incluso
si los patrocinadores gubernamentales hubieran dado a los contratistas todo el
tiempo y dinero del mundo, es probable que el producto igual hubiese tenido
fallas.
Lo que se necesita es un proceso
iterativo de desarrollo en que se construye un prototipo o incluso un producto
terminado, y después se prueba en terreno y se descubre cuáles son sus
debilidades.
Esto
también funciona para el cambio organizacional. No importa cuánto se esfuerce en diseñar una reorganización, solo se
realizará correctamente en 60%, por lo que debe seguir esforzándose y
finalmente llegará al 90%.
